Saber cómo elegir una vía ferrata parece sencillo.
Buscamos su dificultad, vemos que aparece un K1, K2, K3 o K4 y pensamos que ya sabemos lo que vamos a encontrar.
Pero en realidad el número solamente cuenta una parte de la historia.
Dos vías ferratas con el mismo grado pueden ofrecer experiencias completamente diferentes. La longitud, la verticalidad, la exposición, la continuidad del esfuerzo, los desplomes, la aproximación, el descenso e incluso nuestra capacidad para gestionar la altura pueden cambiar por completo la experiencia.
Por eso, antes de elegir una vía ferrata, nosotros preferimos hacernos otra pregunta:
¿Es esta vía ferrata adecuada para esta persona?

¿Qué significa la K y de dónde viene?
Para entender los conocidos niveles K1, K2, K3, K4, K5 y K6, primero tenemos que mirar hacia los países de habla alemana.
La palabra alemana Klettersteig es el término utilizado para referirse a lo que nosotros conocemos como vía ferrata.
Klettern significa escalar y Steig hace referencia a un sendero, paso o camino de montaña. De ahí procede el término Klettersteig y la K que encontramos en la conocida escala de dificultad desarrollada por el especialista suizo Eugen E. Hüsler.
La escala de Hüsler establece seis grados de dificultad, desde K1, fácil, hasta K6, extremadamente difícil.
Así, cuando vemos que una vía ferrata está clasificada como K2 o K3, esa letra no es simplemente un código arbitrario: tiene su origen en la tradición montañera centroeuropea y en el término Klettersteig.
Pero hay un detalle importante:
La escala K1-K6 no es el único sistema de graduación de vías ferratas que existe.
Dependiendo del país o de la fuente consultada podemos encontrar otros sistemas de clasificación. Por eso, cuando vemos un grado de dificultad, también debemos saber qué escala se está utilizando.
En España es muy habitual encontrar la clasificación K1-K6 en reseñas, guías y fichas técnicas de vías ferratas.
Es una referencia muy útil.
El problema aparece cuando pensamos que ese número nos cuenta todo lo que necesitamos saber.
El nivel K es una referencia, no toda la respuesta
Una K3 corta, con buenos puntos de descanso y algún paso puntual más exigente, puede resultar muy diferente de otra K3 larga, vertical, expuesta y mantenida.
El grado puede ser el mismo. La experiencia, no.
Para valorar realmente una vía ferrata hay que tener en cuenta otros factores: longitud, exposición, características del terreno y del equipamiento, aproximación, descenso, altitud o compromiso del recorrido.
Además, no todas las personas responden igual ante esas exigencias.
Experiencia en montaña, fuerza, resistencia y capacidad para gestionar psicológicamente la exposición también influyen.
Y esto explica perfectamente por qué dos personas pueden experimentar de forma completamente distinta una misma vía ferrata.

Fuerza y resistencia no son lo mismo
Una persona puede tener fuerza suficiente para superar un desplome, pero no disponer de la resistencia necesaria para afrontar numerosos tramos verticales de manera continuada.
También puede ocurrir lo contrario.
Alguien con buena resistencia puede desenvolverse perfectamente durante varias horas y, sin embargo, encontrar dificultades en un paso concreto que exija más fuerza.
Por eso decir simplemente “estoy en buena forma física” no siempre es suficiente.
Hay que saber qué tipo de esfuerzo exige realmente el recorrido.
La exposición también cuenta
Hay personas físicamente fuertes que progresan perfectamente hasta que miran hacia abajo.
La exposición al vacío puede modificar completamente nuestra forma de movernos.
Aparece tensión, perdemos fluidez, gastamos más energía e incluso podemos llegar a bloquearnos.
Tener fuerza no significa necesariamente sentirse cómodo a muchos metros del suelo.

La longitud puede cambiarlo todo
Un paso difícil de diez metros puede superarse rápidamente.
Una sucesión de pasos moderadamente difíciles durante mucho tiempo puede terminar siendo bastante más exigente.
Por eso no debemos observar únicamente cuál es el paso más complicado.
También importa cuánto tiempo tendremos que mantener el esfuerzo.
Y hay algo que muchas veces olvidamos:
la actividad no termina necesariamente cuando termina el cable.
La aproximación y el camino de regreso también forman parte de la jornada.
Una ferrata relativamente sencilla puede convertirse en una actividad considerablemente más exigente si implica una aproximación larga o un descenso complejo.
¿Hay vías de escape?
Algunas vías ferratas permiten abandonar el recorrido en determinados puntos.
Otras, una vez superado cierto lugar, prácticamente obligan a continuar.
Eso modifica considerablemente el compromiso de la actividad.
No es lo mismo afrontar un tramo sabiendo que existe una salida cercana que entrar en una sección larga donde retroceder puede resultar complicado.
Dificultad y compromiso no son exactamente lo mismo.
Y deberíamos valorar ambos.
“He hecho una K3” no significa que cualquier K3 sea adecuada
Haber realizado anteriormente una vía ferrata de determinado nivel es una referencia muy útil.
Pero no debería convertirse automáticamente en un pasaporte para todas las ferratas de ese mismo grado.
Antes deberíamos recordar cómo era aquella vía.
¿Era vertical?
¿Tenía desplomes?
¿Era muy expuesta?
¿Cuánto duraba?
¿Terminamos cómodos o completamente agotados?
Decir “he hecho una K3” aporta información.
Pero saber cómo era esa K3 y cómo respondimos nosotros aporta mucha más.

Entonces, ¿cómo elegir una vía ferrata?
Nosotros empezaríamos mirando el grado.
Pero después analizaríamos el recorrido completo.
Longitud, verticalidad, exposición, continuidad, pasos físicos, aproximación, descenso, posibles vías de escape y características de las personas que van a realizarla.
Y finalmente valoraríamos algo que ninguna tabla puede medir perfectamente:
cómo responde esa persona en la montaña.
Su experiencia.
Su condición física.
Su confianza.
Su capacidad para gestionar la altura.
Y también sus expectativas.
Por eso, en nuestras vías ferratas buscamos que el recorrido se adapte al nivel, la experiencia y las características de cada participante.
Porque elegir correctamente una vía ferrata no consiste en buscar el número más alto que somos capaces de superar.
Consiste en encontrar un recorrido que nos permita disfrutar, progresar y terminar la actividad con ganas de volver a la montaña.
El nivel K nos orienta.
Entender qué hay detrás de ese número nos ayuda a elegir mejor.
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